Martín Landaluce no necesita demasiadas vueltas para explicar lo que significa para él jugar el Mutua Madrid Open. Una frase sencilla lo resume: “Juego en casa, literalmente en casa”. El madrileño duerme estos días a veinte minutos de la Caja Mágica, rodeado de su familia, de sus rutinas, de su perro y de ese paisaje emocional que desaparece durante buena parte del año entre hoteles, aeropuertos y torneos.
“Es otra sensación”, reconoce en su visita al podcast Iguales, del Mutua Madrid Open. “Al final te pasas todo el año prácticamente viajando, estando en diferentes hoteles, y pasar por casa, estar con tu perro, con tu familia, tocar la guitarra con ellos, ver la tele con tu padre… es lo que hemos hecho toda la vida. Es volver un poco a esos años que tanto habíamos disfrutado”.
Para Landaluce, Madrid no ha sido sólo una parada más del calendario. Es un torneo que siempre sñço jugar y donde el tenis profesional convive con la vida de siempre. La misma casa, la misma familia, las mismas pequeñas costumbres y, al mismo tiempo, el escenario grande, la exigencia de un Masters 1000 y la oportunidad de seguir consolidando su salto entre los mejores.
La historia de Martín se entiende mejor cuando aparece la familia. En casa de los Landaluce se compite por todo. En la playa, jugando al fútbol, con el FIFA, haciendo flexiones o viendo quién llegaba antes al mar. También en la pista. Él mismo recuerda una anécdota casi de récord: una semana en Madrid en la que ganaron todos.
“Fue algo histórico”, cuenta. “Mi padre ganó el +35, mi hermana el cadete, mi hermano el infantil y yo creo que yo gané el benjamín. Ganamos los cuatro la misma semana. Faltaba mi madre, que también juega. Fue una semana increíble”. Aquella competitividad familiar, lejos de ser una presión incómoda, ha terminado por moldear su carácter. Esa educación competitiva, tan de casa, se ha ido trasladando después al circuito. “Siempre hemos sido una familia supercompetitiva”, admite. “Desde pequeño quería ganarles. Mi hermano sacaba muy fuerte y restarle era para mí todo un reto. Cuando empecé a hacerlo, era esa sensación de quiero más, quiero más. Eso me impulsó a seguir haciéndolo luego con la gente de mi club, con chavales de mi edad, con jugadores mejores…”.
Ahora, ya instalado en el top 100, Landaluce mira a la gira de tierra como uno de los grandes objetivos de la temporada. Sus mejores resultados hasta ahora han llegado sobre pista rápida, pero siente que ha alcanzado un punto de madurez para trasladar ese nivel también a la arcilla.
“Competir bien en tierra es algo que quiero que se dé, porque creo que ya estoy a un nivel alto”, explica. “Años anteriores todos mis resultados buenos han sido en rápida y creo que estoy en un punto en el que pueden y deben darse en tierra. Es uno de los objetivos más importantes del año para mí: acabar satisfecho en esta gira”.
En ese camino, Landaluce ha tenido cerca voces muy autorizadas. Entre ellas, las de Toni Nadal y Rafa Nadal. De Toni valora especialmente la sinceridad directa, sin adornos. Esa capacidad para decirle dónde cree que debe estar y qué nivel le exige su propio potencial: “Toni va directo al grano. Si piensa una cosa, te la va a decir”, señala. “Creo que es importante tener gente así de sincera en tu entorno. Me ha metido esa buena presión, pero al final es porque cree en mi nivel, cree en mí y sabe dónde puedo llegar”.
Con Rafa, el aprendizaje tuvo también mucho de experiencia física. Landaluce recuerda sus primeros entrenamientos con él en la Rafa Nadal Academy, cuando apenas tenía 14 años. Rafa no regulaba. No levantaba el pie. Todo lo contrario.
“Mi primer entreno con él fue en tierra con 14 años. La sensación era: este tío está yendo al cien por cien, me está intentando pasar por encima y desde ahí hasta los últimos entrenos que tuvimos fue así. Todos los puntos los jugaba al cien por cien, al doscientos por cien. Esa intensidad es algo que valoro porque al final te respetan como rival”, dice Landaluce. “Para alguien de 14, 15 o 16 años es algo de lo que aprendes. Ahora intento respetar a cualquier persona con la que entrene. Puedo hacer entrenos de mucha calidad sea con quien sea. Es algo que me enseñó Rafa”, concluye el madrileño.
El joven Landaluce no vive sólo pendiente del tenis. En su maleta viaja también una guitarra desmontable, más pequeña, adaptada a la vida del circuito. La empezó a llevar el año pasado y se ha marcado un objetivo personal para esta temporada: acabar tocando bien, ser capaz de improvisar con los dedos, progresar de verdad. El otro propósito está en los libros. Quiere leer con continuidad, alrededor de dos libros al mes cuando el calendario y los exámenes lo permitan. “Me gustaría acabar haciendo unos 15 o 20 libros al año. Me sentiría realizado con eso”, confiesa.
Son objetivos lejos de la pista, pero no necesariamente lejos del jugador. La guitarra, la lectura, la familia y la rutina de casa forman parte de ese equilibrio que Landaluce busca mientras su carrera avanza. Madrid, en ese sentido, concentra muchas de esas piezas: el torneo grande, la exigencia deportiva y la posibilidad de dormir en su propia cama.
